sábado, septiembre 24, 2016

KARAOKE EN EL DESIERTO



 




En la seguridad de tu amor por mí todas las piezas de mi rompecabezas cobran sentido.







¿Qué si me fue fácil hacerlo? Para nada, la verdad que me costó mucho. Pero era necesario.

¿Qué si recibieron mi decisión y mis palabras en buena onda? Eso hubiera sido mucho más fácil para mí. Francamente, aquello parecía un episodio de lucha libre—Máscara contra cabellera—, pero no me dejaron otra alternativa, tuve que hacerlo.

¿Qué si volvería a hacerlo de nuevo? Sin pensarlo dos veces. ¡Claro, no en mis fuerzas, sino en las que Dios me da! Yo sola no podría.

¿Qué cómo lo hice? Bueno, como te dije, no tenía muchas opciones, o validaba lo que Dios me estaba diciendo, o me quedaba a la merced de mi estado de ánimo, de mis sentimientos y de todos los disparates que constantemente tratan de aterrizar en mi cabeza. Francamente estaba cansada del mismo menú: dificultad, preocupación, ansiedad, temor, Pero aprendí que mis sentimientos no tienen la última palabra y que muchas veces no dicen la verdad.


No necesito el aplauso de mis sentimientos ni la aprobación de mis razonamientos para creerle a Dios y avanzar en el camino que Él ha trazado para mí.

 


Así que me acerqué a Jesús sin pretensiones—vestida de imperfección, calzada de impaciencia, con temor a ser rechazada y con mi mochila llena de problemas, culpas, vergüenza, incredulidad y un montón de interrogantes.

Para mi sorpresa, fui recibida por una caravana de sonrisas, abrazos, aprobación y esperanza. Me vistió de sus promesas, y a medida que saboreaba cada palabra de amor  y afirmación que salían de su boca hacia mí, podía ver con claridad lo imperceptible a mis ojos naturales.


“Los que a él acuden se llenan de alegría y jamás pasan vergüenzas.”


-Salmo 34:5

 


A pesar de que mis circunstancias no eran favorables, ni el viento soplaba a mi favor, aunque mis sentimientos y emociones estaban renuentes a cooperar con el proceso—aclaré mi voz, encendí el micrófono y comencé a darle gracias a Dios.

¡Gracias por tu amor incondicional! Aunque no me sienta amada.

¡Gracias por escuchar mis oraciones! Aunque me sienta ignorada.

¡Gracias por ver valor en mí! Aunque me sienta indigna.

¡Gracias por darme una nueva oportunidad! Aunque sienta que no la merezca.

¡Gracias por darme belleza! Aunque solo vea cenizas.

¡Gracias por perdonarme! Aunque mi corazón me condene.

¡Gracias por tu gracia! Aunque no tenga sentido para mí.

Amiga, cuando medimos la fidelidad y el amor de Dios de acuerdo a nuestras circunstancias o  de acuerdo a la frágil percepción de nuestros sentimientos, corremos el riesgo de quedarnos atrapadas en la decepción y en el viento recio de nuestras emociones

En cambio, cuando decidimos creerle a Dios y avanzar en su dirección independientemente de nuestro yo-yo interno o de la agresividad de nuestras circunstancias, somos protagonistas de grandes milagros, de grandes victorias, de grandes revelaciones y del cumplimiento de sus promesas.


“La fe que agrada a Dios es la que cree que Dios existe y que Él nos recompensa.”


– Joseph Prince

 


No importa el tamaño de la montaña, en su amor estás segura, bajo su gracia todas tus necesidades son satisfechas. Así que agarra tu micrófono e infórmale a tus sentimientos y dificultades que vas a atravesar este desierto con tu mirada puesta en Jesús— en sus brazos, de su mano, en su regazo, bailando al ritmo de sus promesas, reposada en la seguridad de su gracia y amor por ti, hasta que tus ojos naturales vean lo que tus ojos espirituales han presenciado.

Bendice, alma mía, á Jehová, Y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus iniquidades, El que sana todas tus dolencias; El que rescata del hoyo tu vida, El que te corona de favores y misericordias; El que sacia de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila.

Salmo 103:2-5


Feliz Semana,

Sandy