viernes, noviembre 30, 2018

EN SUS BRAZOS DE GRACIA


El temor y la desesperanza no tienen acceso a un corazón blindado con el amor de Dios y sus promesas.

 

Te encontró en cadenas —incapaz de moverte, hablar, ayudarte o defenderte—. Vio belleza en ti cuando aún estabas en harapos, y no vaciló en abrazarte en tu peor momento.
Salió a tu encuentro anhelando tu regreso. Feliz de volverte a ver, emocionado de tenerte otra vez entre sus brazos.
Al principio no entendías lo que estaba sucediendo, pues esperabas su rechazo y desaprobación, pero poco a poco te perdiste en la dulzura de su mirada y en la paz que sus palabras sembraban en tu corazón.
 “Emmanuel… Emmanuel… Emmanuel”, te dijo una y otra vez —afirmando tu vida en la seguridad de su presencia, calmando la ansiedad que había en tu interior.
Confrontó con su mirada tus temores y les dijo:
“¡Déjenla en libertad!
 Ella es mía y yo la amo. Es mi princesa perdida y al fin la he encontrado.
¡Suéltenla, es mía! 
Tus adversarios huyeron despavoridos ante la autoridad de su voz.
 

La gracia va más allá de la misericordia. La misericordia le dio al hijo prodigo una segunda oportunidad. La gracia le hizo una fiesta. – Max Lucado

 

Te quedaste postrada frente a tu Salvador —el dueño de tu alma, el que te hace feliz, el que te devolvió la sonrisa, el que te hizo bailar una vez más sin vergüenza en tu mirada, sin timidez en tus pisadas.
Te tomó entre sus brazos, te besó en la mejilla, te atrajo hacia su pecho, y entre mimos y palabras de afirmación susurró a tu oído: “No te imaginas cuanto he anhelado este momento”.
Te llevó a su casa —un lugar donde siempre habías soñado estar, un refugio llamado Trono de Gracia.
Amiga, las mismas manos que multiplicaron los panes y los peces son las mismas que te sostienen, te abrazan, te cuidan y defienden.
Pues tú eres mi escondite; me proteges de las dificultades y me rodeas con canciones de victoria. – Salmo 32:7
Descansa en la seguridad de su amor por ti.
Amor y gracia,
Sandy